miércoles, 5 de febrero de 2014

el brazo.

Iba caminando por el centro con su madre. Como de costumbre, como sucede en pueblo chico, se provoca un encuentro con cierta señora conocida.
Luisa contemplaba todo, con una gran sonrisa falsa. Por desgracia, se entabla una animada conversación entre madre y mujer ruidosa, excesivamente expresiva, en medio de la vereda. En medio del mundo. En medio del universo. En medio de la impaciencia de Luisa y su odiosidad.
Era la tía Rebeca, dueña de casa, madre, apoderada de cursos. Más de lo mismo. Era todo más de lo mismo, hasta que en una efusiva muestra de nostalgia, Rebeca toma el brazo a Luisa. Se detiene el tiempo. Las pupilas dilatadas de Luisa se pasman sobre ese gesto, ese contacto físico, ese secuestro de su extremidad por esas manos arrugadas con anillos y pulseras. Brazo arbitrariamente apresado por un par de segundos, que para Luisa fueron eternos.
¡¡Dios mío, qué infernal!!. Compresión de dientes, respiración exaltada y alma chacreada.
Retiró el brazo y se escondió en la cómoda, tibia y segura espalda de mamá. Se sentía una niña de 5 años queriendo invisibilizarse. Qué vulnerable fue.

En ese momento comprendió cuánto odia el contacto físico. Quizá tenga que ver con el rechazo que experimenta al sentirse humana.

Segunda reflexión: en verdad no es que odie todo contacto físico, menos aquél que le hace sentir más animal.


instant crush

La Luisa de nuevo se rayó con otra canción. Se repite, se repite, se repite y se repite, pero no la cansa. Es peor, cada vez le gusta más, pero como es una canción en inglés no le cacha mucho la letra. Después de escucharla tanto, decidió buscarla en una página de internet y la encontró. La leyó y ahí se quedó pegada, viendo cómo la música de nuevo se le metió por los nervios y llegó hasta el hipotálamo, haciendo conexiones con lo que sentía. La música, en su nebulosa verbal, se le enredó en el corazón en un lenguaje universal que sólo sus instintos le captaron. En fin, siguió reproduciendo el mismo video de youtube unas quinientas veces más.

martes, 4 de febrero de 2014

Podrida.

Me convenzo y me des-convenzo de mis ideas muy frecuentemente.
Suelo refutarme el pensamiento de que cada uno tiene un destino determinado: ser enamoradiza, ser más independiente, dependiente; no es cosa de venir con una tarjeta integrada que te demande ser así. Me dispongo a mi misma que son cuestiones que uno decide mientras vives no más, que Dios o Sin Dios no tiene nada que ver con eso, que es injusto.
Pero soy dispersa y quizá este texto también lo sea. Entonces llega otra estación del año y me contradigo completamente.
Sí, estamos predeterminados. Me basta ver a un puñado de pequeños ejemplares que, horripilantemente, me convencen desde su más tierna edad.
Me miro a mi misma. Siempre he estado envuelta en amoríos e historias rosadas medias podridas. Decidí parar con la weaita. Me convertí en la niña independiente y feliz (no me quiero referir a mi como "mujer", siento que soy muy adolescente pa' eso) y me preocupo de mi y nada más. Me convencí de eso por mucho rato. Pero aquí estoy de nuevo, pensando que estoy destinada a las historias rosadas manchadas. Y no es que tenga una, sino que me hace falta una.
Voy a apagar la tele un rato.