miércoles, 5 de febrero de 2014

el brazo.

Iba caminando por el centro con su madre. Como de costumbre, como sucede en pueblo chico, se provoca un encuentro con cierta señora conocida.
Luisa contemplaba todo, con una gran sonrisa falsa. Por desgracia, se entabla una animada conversación entre madre y mujer ruidosa, excesivamente expresiva, en medio de la vereda. En medio del mundo. En medio del universo. En medio de la impaciencia de Luisa y su odiosidad.
Era la tía Rebeca, dueña de casa, madre, apoderada de cursos. Más de lo mismo. Era todo más de lo mismo, hasta que en una efusiva muestra de nostalgia, Rebeca toma el brazo a Luisa. Se detiene el tiempo. Las pupilas dilatadas de Luisa se pasman sobre ese gesto, ese contacto físico, ese secuestro de su extremidad por esas manos arrugadas con anillos y pulseras. Brazo arbitrariamente apresado por un par de segundos, que para Luisa fueron eternos.
¡¡Dios mío, qué infernal!!. Compresión de dientes, respiración exaltada y alma chacreada.
Retiró el brazo y se escondió en la cómoda, tibia y segura espalda de mamá. Se sentía una niña de 5 años queriendo invisibilizarse. Qué vulnerable fue.

En ese momento comprendió cuánto odia el contacto físico. Quizá tenga que ver con el rechazo que experimenta al sentirse humana.

Segunda reflexión: en verdad no es que odie todo contacto físico, menos aquél que le hace sentir más animal.


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