Me convenzo y me des-convenzo de mis ideas muy frecuentemente.
Suelo refutarme el pensamiento de que cada uno tiene un destino determinado: ser enamoradiza, ser más independiente, dependiente; no es cosa de venir con una tarjeta integrada que te demande ser así. Me dispongo a mi misma que son cuestiones que uno decide mientras vives no más, que Dios o Sin Dios no tiene nada que ver con eso, que es injusto.
Pero soy dispersa y quizá este texto también lo sea. Entonces llega otra estación del año y me contradigo completamente.
Sí, estamos predeterminados. Me basta ver a un puñado de pequeños ejemplares que, horripilantemente, me convencen desde su más tierna edad.
Me miro a mi misma. Siempre he estado envuelta en amoríos e historias rosadas medias podridas. Decidí parar con la weaita. Me convertí en la niña independiente y feliz (no me quiero referir a mi como "mujer", siento que soy muy adolescente pa' eso) y me preocupo de mi y nada más. Me convencí de eso por mucho rato. Pero aquí estoy de nuevo, pensando que estoy destinada a las historias rosadas manchadas. Y no es que tenga una, sino que me hace falta una.
Voy a apagar la tele un rato.

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